Lo veo cada semana en sesión, y también puedo decir que lo he vivido.
Hay cosas que, cuando las lees o las escuchas, piensas:
“bueno… tampoco es para tanto…”
Hasta que te das cuenta de que llevas años escuchándolas.
No siempre es la misma frase, pero siempre implica lo mismo.
“Deberías adelgazar.”
“Es por tu bien.”
“Así estarías más guapa.”
“Cariño, yo te quiero igual, pero la gente es muy mala.”
“No les vas a gustar si tu cuerpo no es delgado.”
Y claro… esto no viene de cualquiera.
Te lo dice tu madre.
Y aquí es donde se lía todo.
Porque no es una persona cualquiera.
Es alguien que te quiere. Eso lo sabes.
Pero a la vez… cada vez que lo dice, se te corta el aire.
Y sientes que algo dentro de ti se encoge.
Y no sabes muy bien qué hacer con “eso”.
Porque una parte de ti piensa:
“igual tiene razón…”
y otra:
“¿por qué me dice esto si tiene que notar que me duele?”
Y vivir ahí… en ese punto intermedio… cansa muchísimo más de lo que parece.
Hay algo que cuesta ver, pero que en consulta aparece todo el rato.
No es solo lo que te dicen.
Es la cantidad de veces que se repite.
Porque cuando algo se repite durante años…
deja de ser algo externo.
Se te queda dentro.
Y un día te sorprendes delante del espejo pensando exactamente lo mismo…
sin que nadie haya dicho nada.
Y ese día… algo cambia.
Porque ya no es la voz de tu madre.
Eres tú.
O al menos lo parece.
Pero no lo es del todo.
Es una voz aprendida.
Una forma de mirarte que has ido interiorizando sin darte cuenta.
Y suele sonar así:
“estás fatal”
“necesito controlarme”
“mírate… qué vergüenza”
No es casualidad.
No has nacido hablándote así.

Y aquí hay algo importante (y preocupante):
Cada vez vemos esto antes.
La edad en la que empieza la preocupación por el cuerpo es cada vez más baja.
Y no es casualidad.
Hay una frase que suelo decir mucho en consulta y que suele hacer bastante click:
“No has aprendido a cuidarte. Has aprendido a corregirte.”
Y aunque parece lo mismo… no lo es.
Porque cuando te corriges:
- te exiges
- te vigilas
- te castigas
Pero no te escuchas.
Y claro… así es muy difícil que la relación contigo sea sana.
Muchas veces me decís: “Ya, pero es que yo tengo un problema con la comida.”
Y entiendo perfectamente por qué lo piensas.
Porque al final:
- comes con culpa
- intentas compensar
- hay días de control… y otros de descontrol total
Y parece que todo gira en torno a eso.
Pero si paras un segundo…
igual no es tanto la comida.
Igual es todo lo que hay antes.
Porque cuando vives sintiendo que tu cuerpo está mal…
comer deja de ser algo neutro.
Se convierte en:
- una forma de calmarte
- o en otra forma de castigarte
Y claro… así es muy fácil que aparezcan atracones, ansiedad, culpa…
No porque no tengas fuerza de voluntad.
Sino porque estás intentando gestionar lo emocional desde el control.
Y eso… tarde o temprano… se rompe.
Y aquí viene la parte importante.
No la de entender (que está bien), sino la de empezar a hacer algo con esto.
No te voy a dar soluciones mágicas, porque no existen.
Pero sí cosas que trabajo mucho en consulta y que pueden ayudarte a empezar:
1. Empieza a pillarte
No vamos a cambiar nada todavía.
Solo darte cuenta.
De ese momento en el que te miras y piensas:
“buah… otra vez igual, qué horror…”
Porque hasta que no lo veas… no lo puedes cambiar.
2. Hazte esta pregunta (aunque incomode)
“Esto que me estoy diciendo… ¿es mío o lo he aprendido?”
A veces la respuesta es bastante clara.
Y no te soluciona todo…
pero cambia algo.
3. Cambia una cosa pequeña
No todo. Algo pequeño aunque parezca una tontería.
Por ejemplo, en vez de:
“tengo que hacerlo mejor”
prueba con:
“¿qué necesito ahora mismo?”
A veces será comer, otras parar.
Y otras… no hacer nada.
Y sí, al principio suena raro.
Es normal.
Cuando empiezas a cambiar algo, tu cabeza se resiste.
Te dice que esto no sirve, que no cambia nada.
Pero no es verdad.
Estar un poco más presente… puede cambiar mucho más de lo que parece.
No quiero terminar sin decir algo que seguro que ahora mismo te está rondando:
“¿Entonces mi madre lo ha hecho mal?”
“¿Soy mala hija por cuestionarme esto?”
No.
Ni una cosa ni la otra.
Que te estés planteando esto
no significa que tu madre no te quiera.
Ni que tú estés haciendo algo mal.
Significa que estás empezando a mirarte tú.
Y eso… aunque remueva… es necesario.
Porque no todo lo que se dice “por tu bien”… te hace bien.
Y a veces cuidarte no es cambiar tu cuerpo.
Es dejar de hablarte como si siempre estuviera mal.
Si has llegado hasta aquí y algo te ha resonado… no es casualidad.
No solo te ha pasado a ti. No estás sola.
Y si sientes que sola no puedes…
pedir ayuda también es una forma de empezar.