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Grooming: qué es, cómo empieza y qué señales deberían conocer padres y adolescentes

“Eres muy madura para tu edad”, “contigo puedo hablar de cosas que con nadie más”, “qué suerte haberte encontrado”, “esto mejor que quede entre nosotros”. Nada de esto, por separado, parece especialmente terrorífico. Y ahí está precisamente el problema.

Cuando pensamos en un adulto manipulando sexualmente a un adolescente por internet, nuestra cabeza suele construir una escena bastante evidente: alguien raro, preguntas sexuales demasiado pronto y una petición de fotos que haría saltar todas las alarmas. Ojalá fuera siempre tan fácil.

El grooming es el proceso mediante el cual un adulto establece contacto con un menor y utiliza la relación, la confianza, el engaño, la presión o el chantaje con una finalidad sexual. Puede ocurrir en Instagram, TikTok, videojuegos, chats, aplicaciones de mensajería o en prácticamente cualquier sitio donde dos personas puedan hablar.

Pero, sinceramente, la definición es lo de menos. Lo que me interesa como psicóloga es entender por qué un adolescente puede no darse cuenta de que le están manipulando mientras está ocurriendo. Porque desde fuera todo parece muchísimo más evidente. Desde dentro, no tanto.

Imagina que tienes 14 años. Estás enfadada con tus padres, insegura con tu cuerpo, has discutido con tus amigas o simplemente estás intentando descubrir quién coño eres, que ya es bastante trabajo a esa edad. Y aparece alguien que escucha. No juzga. Contesta siempre. Te dice que eres especial, que eres más madura que los demás, que tus padres no te entienden y que con él puedes hablar de todo.

Eso no activa necesariamente una alarma. Puede activar algo bastante más potente: sentirte vista.

Y los seres humanos funcionamos así. Cuando alguien cubre una necesidad emocional importante empezamos a concederle valor, confianza, credibilidad, intimidad. Por eso reducir el grooming a “un desconocido pidiendo fotos” es quedarse con el final de la película.

Además, tampoco siempre ocurre despacio. Y esto me sorprendió bastante cuando me puse a leer sobre el tema.

Investigadoras de la Universitat Politècnica de València analizaron 70 conversaciones reales entre agresores y menores facilitadas por fuerzas policiales españolas. En más de la mitad de los casos, la primera petición de material sexual apareció durante los cinco primeros turnos de conversación.

Cinco!!!!!!!

Así que tampoco podemos quedarnos tranquilos pensando que siempre habrá semanas o meses de “ganarse la confianza” antes de cruzar ciertas líneas.

Lo interesante, desde el punto de vista psicológico, es que incluso cuando las peticiones eran bastante directas aparecían rodeadas de estrategias relacionales: cortesía, complicidad, sensación de confianza y formas de comunicación capaces de convertir una petición abusiva en algo parecido a un intercambio dentro de una relación.

Traducido del lenguaje académico: “después de todo lo que he hecho por ti”, “pensaba que confiabas en mí”, “creía que eras diferente”, “yo sí te he enseñado cosas”.

No hace falta sujetar a alguien del brazo para presionarlo. A veces basta con conseguir que sienta que te debe algo.

La vergüenza hace el resto

Aquí creo que los adultos podemos meter bastante la pata. Repetimos “no mandes fotos”, “no hables con desconocidos”, “ten cuidado con quién conoces por internet”. Todo eso está bien. El problema es: ¿qué ocurre si un adolescente hace exactamente lo contrario?

Porque los adolescentes exploran, coquetean, se enamoran, tienen curiosidad sexual y hacen cosas sin pensar demasiado en las consecuencias. Vamos, como los adultos, pero con menos años de experiencia y un cerebro todavía en construcción.

El problema no es que un adolescente tenga curiosidad sexual. El problema es que un adulto utilice esa curiosidad para explotarlo.

Cuando ya ha ocurrido algo puede aparecer una mezcla bastante potente de culpa y vergüenza: “yo también participé”, “yo le contesté”, “yo mandé la foto”, “mis padres me van a matar”, “qué vergüenza contar esto”.

Y ahí es donde el agresor gana todavía más terreno. La persona que puede estar haciéndole daño sabe lo que ocurre; las personas que podrían protegerle, no.

Por eso quizá la conversación importante en casa no sea solo “ten cuidado”. Quizá sea algo mucho más sencillo: “si algún día haces algo por internet y después te arrepientes, puedes venir a contármelo”.

Aunque hayas mentido. Aunque hayas hablado con alguien que te dijimos que bloquearas. Aunque hayas enviado una foto. Aunque pienses que has metido la pata hasta el fondo.

Primero te ayudo. Después ya hablaremos de lo demás.

Puede parecer una frase pequeña, pero no lo es. Si alguien amenaza a tu hija con difundir una imagen íntima necesitamos que pedirte ayuda le dé menos miedo que seguir obedeciendo a quien la está chantajeando.

Para mí, esa es probablemente una de las claves de todo esto.

No hace falta convertirse en el FBI familiar

Tampoco se trata ahora de revisar compulsivamente cada mensaje porque nuestro hijo sonría mirando WhatsApp.

Hay cosas que pueden hacernos levantar una ceja: una relación con una diferencia de edad importante, alguien que insiste en hablar en secreto, preguntas frecuentes sobre cuándo está solo, regalos o favores difíciles de explicar, introducción de temas sexuales, peticiones de fotos, presión después de un “no” o enfado cuando el adolescente intenta alejarse.

Nada de esto aislado demuestra automáticamente que exista grooming. Pero sí merece conversación. Y conversación no significa interrogatorio.

Si alguna vez un hijo te cuenta que está pasando algo así, intenta que la primera frase no sea “te lo dije”. Aunque lo estés pensando. Aunque se lo hubieras dicho exactamente 74 veces.

“Gracias por contármelo” probablemente sea bastante más útil.

Después habrá que guardar conversaciones y pruebas, no ceder al chantaje, buscar asesoramiento y, cuando corresponda, acudir a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. En España, INCIBE dispone además del 017, una línea gratuita y confidencial de ayuda en ciberseguridad para menores, familias y profesionales.

Pero antes de todo eso hay un adolescente mirándote e intentando descubrir una cosa: si, después de lo que ha pasado, sigue teniendo un lugar seguro al que volver.

Y quizá de eso vaya realmente la prevención.

No de conseguir hijos que nunca se equivoquen, porque eso no existe. Ni siquiera existimos adultos que nunca nos equivoquemos y algunos llevamos bastantes años de ventaja.

Proteger también significa enseñarles a reconocer presión, culpa, secretos y manipulación. Pero, sobre todo, construir una relación en la que puedan decir “he hecho algo y ahora tengo miedo” sin pensar que acaban de perder también a sus padres.

Porque a veces la mejor protección no es conseguir que nunca entren en un sitio peligroso. Es conseguir que, si entran, sepan perfectamente dónde está la salida.

 

Fuentes: investigación de Nuria Lorenzo-Dus, Andrea García-Montes y Carmen Pérez-Sabater, de la Universitat Politècnica de València, sobre solicitudes de material sexual en conversaciones de online grooming; recursos para familias y menores del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE).

 

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