Te has organizado. Has pensado qué vas a comer durante la semana, has hecho más o menos la compra y, sobre el papel, todo tiene bastante sentido.
Hasta que llega la vida real.
Son las nueve y media de la noche. Has llegado tarde. El pollo que pensabas cocinar sigue congelado, tus hijos se han comido todo el salmón que tenías planeado o, simplemente, miras ese pescado que llevas todo el día pensando que “toca” y decides que hoy no te apetece ni un poquito.
Así que recurres al Plan B.
Y entonces aparece esa sensación tan conocida: “Pues ya está. Hoy lo he hecho mal.”
Y aquí está la cuestión.
Puede que el problema no sea que hayas cambiado el plan. Quizá el problema sea todo lo que significa para ti haberlo cambiado.
Cuando organizarse se convierte en otra forma de todo o nada
Planificar puede ayudarnos muchísimo, porque reduce decisiones, facilita la compra, permite que tengamos alimentos disponibles y evita ese maravilloso momento de abrir la nevera a las diez de la noche esperando que mágicamente aparezca frente a nosotros la cena.
Como siempre, el problema aparece cuando la planificación deja de ser una herramienta y se convierte en una norma rígida.
Cuando ya no existe el: “Bueno, pues me hago otra cosa”, sin cargo de conciencia.
Y, en su lugar, nos sorprendemos pensando: “Otra vez mi plan tirado por la borda. He fracasado”.
Porque parecen frases parecidas, pero psicológicamente no tienen nada que ver. En la primera hay adaptación y en la otra ya hay juicio.
Y detrás de ese juicio muchas veces vuelve a aparecer el viejo conocido: el pensamiento de todo o nada.
O lo hago como estaba previsto o ya no cuenta. O como “bien” o como “mal”. O sigo el plan o he fracasado.
Distinto envoltorio. Mismas reglas.
La vida no va a colaborar con tu menú
Hay semanas de tupper maravilloso, compra hecha y cenas pensadas.
Pero también hay días en los que llegas destrozada, días de bocadillo, días de congelador, días de comer fuera y días en los que aquello que habías planeado sencillamente no te apetece.
Y una alimentación sostenible tiene que poder sobrevivir también a esos días.
Porque si tu forma de cuidarte solamente funciona cuando tienes tiempo, energía, ganas, todos los ingredientes y absolutamente ningún imprevisto… igual el problema no es que tú seas poco constante.
Creo que más bien es que el sistema que estás intentando mantener necesita unas condiciones que la vida real no puede garantizar.

Tener un Plan B no significa hacerlo peor
Esta semana hablábamos de esto en el grupo de psiconutrición de Coses y Cosetes.
Del Plan B.
Y no, Plan B no significa: “Bueno, hoy cualquier cosa”.
Tampoco significa comer menos porque no has podido hacer lo previsto. Ni buscar rápidamente la alternativa que consideres más “saludable” para compensar.
Ni mucho menos pensar: “Ya que no puedo hacerlo perfecto… from lost to the river. Me da igual todo”.
Precisamente de eso es de lo que intento alejarnos.
Un Plan B tiene que permitirte seguir cuidándote sin convertir cada imprevisto en un examen.
Y aquí apareció un concepto que me gusta especialmente: el mínimo viable alimentario.
Pero ojo con el nombre.
“Mínimo” no significa mínima comida.
Significa reducir esfuerzo, tiempo, complejidad y carga mental cuando hoy no puedes con más.
Que sea sencillo no significa que tenga que ser insuficiente.
Y no voy a contaros mucho más, porque esta parte da para una conversación bastante más larga.
Quizá la pregunta no sea “¿qué debería comer?”
Muchas veces nos hacemos esa pregunta esperando encontrar una respuesta perfecta.
Qué debería comer. Qué sería lo correcto. Qué toca hoy. Qué opción es mejor.
Y quizá, en algunos momentos, haya una pregunta mucho más útil:
“Con la realidad que tengo hoy delante, ¿cómo puedo seguir cuidándome?”
Y no, no es exactamente lo mismo.
Tampoco siempre es fácil responderla, porque para hacerlo necesitamos algo más que un menú. Necesitamos criterio, flexibilidad y aprender a tolerar que hacer algo diferente de lo previsto no significa necesariamente estar haciéndolo mal.
Ahí está una de las partes más importantes del trabajo.
La flexibilidad también se entrena 
Para mí, el progreso en alimentación no se mide únicamente por lo bien que te organizas cuando todo está tranquilo.
Así cualquiera…
Lo que de verdad me importa es lo que se ve cuando algo se tuerce.
Cuando te toca cambiar una comida y no sientes culpa ni te juzgas. Cuando disfrutas de una comida fuera sin “fustigarte”. Cuando estás agotada y eres capaz de hacerte una cena sin montar un drama.
Sin penitencia.
Sin tener que empezar otra vez el lunes.
Porque es muy probable que no necesites aprender a seguir mejor un plan.
Quizá necesitas aprender a cuidarte también cuando el plan falla.
Y viendo todas las respuestas que me habéis mandado hoy sobre este tema, tengo la sensación de que aquí hay conversación para rato.
Así que os lanzo una propuesta.
Si veo que os interesa, podría preparar una reunión abierta y gratuita sobre el Plan B: qué pasa cuando lo previsto se rompe, por qué aparece tan rápido el “ya lo he hecho mal” y cómo empezar a trabajar esa flexibilidad sin convertirla en caos.
Si queréis que la haga, decídmelo.
Porque creo que esto nos pasa a muchas más personas de las que pensamos.
Y el amorcito a este artículo, en forma de comentarios o compartidos en redes, me hará saber que os interesa.